Una mujer de piel pálida, pelo negro y labios oscuros. Viste con una chaqueta verde una camisa blanca. Es una mujer que parece ser un muerto viviente, pero sin putrefacción. Su mirada es intensa, como si te acechase, pero embobada. Como si estuviese, pero a su misma vez no.
Hay épocas en las que no hallamos claridad en nuestros pensamientos, en nuestras emociones. Corren tantos pensamientos por nuestra cabeza que se acaban convirtiendo en ninguno. Tratamos de concentrarnos en una cosa y no somos capaces debido a todo lo que nos ronda, la mente deja de verse cristalina y pasa a ser turbia como un mar revuelto por un gran oleaje. Hay días en los que no tenemos la fuerza emocional suficiente como para evitar emborronar nuestra mente. Debemos ser fuertes, debemos saber limpiarla, conseguir amainar la tempestad que revuelve nuestros pensamientos, devolver esa transparencia a nuestra consciencia, a nuestro ser. Hay mil maneras de conseguirlo, pero esto es cuestión de la fuerza y capacidad de uno mismo, del querer y no del poder o no poder. Todo siempre se resume a eso, a la actitud, a las ganas de salir de estas situaciones tan angustiosas e incluso atosigantes. Situaciones en las que uno puede sentir que se queda sin respiración. Sin embargo… salir de este tipo de situaciones no es algo que se considere tan fácil, de hecho, todo es relativo. Hay personas que consiguen desprenderse de la fuerte marea en segundos, como si no les costase nada, más bien como si estos gozasen de un don… mientras que hay otras personas a las que les puede llegar a costar incluso décadas. Hay momentos en los que por mucho que nos gustaría estar al 100% en algo solo podemos estar un 1%. Hay épocas en las que evitar lo turbio es inevitable.
